Gajes del oficio

Aunque ya he hablado sobre esto al menos en un par de ocasiones en este blog, hace tiempo que quería volver a escribir sobre el trabajo que realiza un corrector y traductor, porque a menudo la gente me pregunta qué es y para qué sirve.

Siempre que explico algo sobre el tema suelo referirme a la pasteurización de la leche: a todo el mundo le gusta beber leche libre de bacterias que puedan afectar a su organismo, pero no todos saben cómo se lleva a cabo este proceso, dónde se hace, quién lo hace y cuál es el origen de su nombre. La gente ve como algo normal que la leche sea sometida a un estricto control de calidad para que la salud del que la bebe no se vea afectada.

Del mismo modo, a todo el mundo le gusta que los textos que lee, ya sean periódicos, libros, revistas, anuncios, páginas web, etc., no tengan erratas ni errores que dificulten la lectura o, lo que es peor, que la hagan imposible. En los documentos escritos también se realiza un proceso de control mediante el cual se solucionan esos errores con el fin de que el mensaje llegue al receptor de manera óptima. Aunque la mayoría de las personas no saben cómo se lleva a cabo este proceso, dónde se hace y quién lo hace, lo interesante es que, al contrario de lo que ocurre con la pasteurización de la leche, a mucha gente le parece extraño que un documento sea sometido a su correspondiente control de calidad para que se pueda entender de manera adecuada.

Se podría decir que el oficio de corrector y traductor es tan antiguo como la escritura; y el lugar donde puede realizarse es también tan variopinto como el lugar donde puede necesitarse: desde, en su día, las antiguas y oscuras bibliotecas de los escribientes en los monasterios, hasta la redacción actual de un periódico, la oficina de una editorial o el despacho de un profesional autónomo.

Como todo trabajo casi artesano, el oficio de lingüista es muy gratificante. Encontrar la palabra adecuada, la traducción correcta, localizar un error ortográfico o mejorar la gramática de un texto es, a menudo, una gran satisfacción y también un enriquecimiento cultural. Sin embargo, es una labor que, imagino que como todas, tiene sus anécdotas, sus alegrías y sus penas (entre ellas, y como he mencionado antes, la poca valoración que recibe, a pesar de que todo el mundo tiene que leer bastantes documentos a diario).

Algunas de esas anécdotas están relacionadas con preguntas que me hacen a veces:

1.   La temida pregunta: «¿Me puedes echar un vistazo a lo que he escrito?»

Si «con echar un vistazo» te refieres a que me lea tu texto, lo único que podré decirte es si me gusta o no.  A mí me encanta leer como a cualquier otra persona que tiene ese hábito, y cuando lo hago en mi tiempo libre no trabajo; es decir, simplemente leo y disfruto. No leo haciendo análisis morfológicos, ni sintácticos, ni gramaticales… ni siquiera veo las erratas, no porque no quiera verlas, sino porque mi velocidad de lectura y la disposición de mi cerebro no van buscando eso, sino el mero y sencillo hecho de disfrutar de la historia que me cuentan las palabras.

(Por cierto, para los que sufren cuando me escriben correos electrónicos, por favor, que se relajen: cuando leo correos tampoco los analizo.)

Si lo que deseas es que, además de leerlo, corrija tu texto, tienes que saber entonces que necesitaré hacer hasta dos lecturas diferentes y (aunque será placentero para mí) ninguna será por ocio: en la primera mi cerebro llevará a cabo una complicada tarea de revisión del orden de las palabras, las concordancias verbales, el uso de los signos de puntuación, la repetición de vocablos y un montón de cosas más.

En una segunda (que no se puede hacer al mismo tiempo ni con anterioridad a la primera) tendré que comprobar que no hay ninguna letra errónea como consecuencia de fallos al teclear, revisar las erratas que no detecta el corrector del procesador de textos (el corrector de Word da por buena cualquier palabra que contenga su diccionario, aunque no sea la adecuada para el contexto), también tendré que mirar si existe duplicación de espacios donde solo deba haber uno; caracteres erróneos que se escapan a la vista porque se parecen a otros; aplicar criterios de unidad a los distintos recursos tipográficos como cursivas, negritas, mayúsculas, etc.

Esto me llevará unas cuantas horas y un considerable esfuerzo de concentración y atención. Aparte de recurrir a mis conocimientos lingüísticos, a veces también tendré que consultar distintos diccionarios y manuales, lo que también me robará tiempo; por tanto, todos los profesionales de la edición entendemos que eso es un trabajo.

En resumen: echar un vistazo, corregir y traducir no son lo mismo. Algunas personas me han pedido una corrección de su texto o una traducción profesional de su CV y después se han sorprendido al saber que se aplica una tarifa.

 2.   Que tenga que gustarme el tema sobre el cual trata el texto.

A menudo, autores y editores se muestran preocupados por si me gusta el tema sobre el que trata el texto.

Esto es un poco volver sobre lo que he dicho antes… Es obvio que para corregir hay que leer, aunque sea al «modo corrector»; y que si el tema es bonito para el que corrige, mucho mejor. Pero al no poder disfrutar demasiado de la lectura porque hay que atender a otros menesteres, la verdad es que no tiene demasiada importancia. Los correctores son profesionales capaces de intervenir en cualquier texto, sea del tipo que sea. No se corrige el contenido, sino la forma; por lo tanto, en un principio no es necesario ser licenciado en varias carreras. Aunque, a fuerza de estar en contacto con diversas terminologías, uno acaba por conocerlas y aprenderlas.

En el caso de la traducción sí se trabaja con el contenido; así que es importante conocer la terminología específica relacionada para poder traducirlo bien. Sin embargo, al igual que ocurre con la corrección, el asunto sobre el que trate el documento no es relevante a la hora de aceptar traducirlo (aunque los traductores suelen especializarse en distintos campos y al final deciden aceptar trabajos referidos a ellos).

 3.   La pregunta típica: «¿Sabes inglés? Entonces, ¿cómo se traduce *[tal palabra] *[tal frase] *[tal texto]?»

(Suele hacerse para ser contestada inmediatamente después.)

Esta es, sin duda, la peor; y de la que normalmente se queja todo aquel que conoce algún idioma.

Siempre decimos que somos lingüistas, no diccionarios humanos. Yo soy filóloga y por eso he dedicado varios años de mi vida a intentar conocer el origen y la evolución de las palabras. Sin embargo, y a pesar de que tengo una memoria bastante razonable, mi cerebro no es un banco de datos que guarda los cinco millones de entradas que puede albergar un diccionario.i am not a dictionary

La traducción es un proceso complejo que no se parece en nada a usar una calculadora: aquello de poner un dato, teclear una función, y obtener como resultado una cifra exacta. La mayoría de las palabras tienen varias acepciones en distintos contextos, y no siempre responden a patrones fijos.

Es necesario tener un vasto conocimiento de muchas cuestiones relacionadas tanto con la lengua de la que se traduce como a la que se traduce: no solo aspectos lingüísticos, sino también históricos, culturales, geográficos y un largo etcétera que hace del estudio del origen de una lengua un viaje apasionante.

Otro día compartiré más anécdotas, ya que también hay algunas muy divertidas. Y es que ya se sabe que las palabras dan para todo tipo de juegos, confusiones e historias dignas de recordar.

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