«¿Para qué sirve un corrector?»

la foto Ikea

(Foto tomada en mayo de 2011)

proteger.

(Del lat. protegĕre).

1. tr. Amparar, favorecer, defender.

2. tr. Resguardar a una persona, animal o cosa de un perjuicio o peligro, poniéndole algo encima, rodeándole, etc. U. t. c. prnl.

Participio: protegido.

(DRAE)

Esta es una pregunta que a menudo suele hacer alguien ajeno al mundo de la escritura y la edición. Después aparece el minidebate acerca del corrector del procesador de textos: que si yo lo paso y me corrige las faltas de ortografía, que si yo ya sé escribir en mi idioma, que para qué voy a necesitar que me corrijan… Y es entonces cuando un corrector humano ha de explicar, probablemente por enésima vez, que el corrector del programa informático puede aceptar como válidas todas aquellas palabras que contenga su base de datos (normalmente extensa y perteneciente al diccionario del idioma en cuestión), pero que ello no implica que sea la adecuada para el contexto; ya sea por razones ortográficas, semánticas, léxicas o sintácticas.

Existen palabras que son homónimas (son iguales en la forma, pero tienen distinto significado, como por ejemplo «traje» —sustantivo—, y «traje» —verbo—), que pueden ser homógrafas (se escriben igual) como es el caso de traje/traje, y homófonas (se pronuncian igual, pero no se escriben igual), como es el caso de vaca/baca, acerbo/acervo, asta/hasta, etc. Pueden ser pares de sustantivos como los escritos anteriormente, también sustantivos y verbos, por ejemplo as/has, y otras combinaciones que se prestan a la confusión como haber/a ver o la conocida ay/hay/ahí.

Estos son ejemplos que en principio no detectaría el corrector ortográfico del procesador de textos, y aunque es verdad que en los casos en los que no hay concordancia gramatical puede señalarlos, no podemos confiar ciegamente en su criterio.

El trabajo de un corrector, entre otras cosas, consiste en detectar la presencia de cualquier tipo de error en un texto, ya sea ortográfico, gramatical o sintáctico, para poder subsanar los posibles defectos que impidan su lectura y comprensión adecuadas y adaptarlo al tipo de lector al que va destinado. Es, por tanto, un trabajo de control de calidad.

A veces los errores se producen por despiste, por las prisas, por fallos al teclear o por desconocimiento, pero da igual. El documento donde aparezcan esos errores, y dependiendo de en qué medida lo hagan, dificultarán la correcta recepción del mensaje por parte del lector, además de darle una apariencia descuidada y poco elegante.

Todos los textos deberían ser revisados por un profesional, ya sean breves o no, literarios, comerciales, publicitarios, de investigación, periodísticos… sobre todo si exponemos en ellos nuestra imagen empresarial.

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